La distancia entre las personas es corta

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En esta época, la distancia entre las personas es sorprendentemente corta.

Se dice que vivimos en la era del individuo: cada uno va por su lado y habita su propio mundo. Basta subir a un tren. Todos miran el móvil; los hombros casi se rozan, pero nadie sabe el nombre de quien tiene al lado.

Y quizá, precisamente porque estamos tan separados, los demás se sienten más cerca que nunca.

Por qué nos intrigan los desconocidos

Cuando hablamos menos cara a cara, la persona de al lado empieza a ocupar mucho espacio en nuestra imaginación. ¿Será amable? ¿Estará de mal humor? Como no sabemos nada, nuestra cabeza escribe diez versiones de la historia en un minuto.

Con alguien a quien ya hemos hablado, la inquietud baja enseguida. Basta descubrir que es tranquilo o que respondió con amabilidad. Confirmar que el otro viene en son de paz nos relaja.

La paradoja moderna es curiosa: hablamos con amigos al otro lado de la pantalla, pero el pasajero a veinte centímetros sigue siendo un misterio.

Cada persona lleva un pequeño universo

En el mismo vagón, uno responde mensajes de trabajo, otra espera noticias de alguien que quiere, alguien intenta no reírse con un vídeo y otro lee el periódico y se preocupa por mañana. Compartimos espacio, pero viajamos por universos distintos.

Un desconocido puede dar miedo, sí, pero también es una posibilidad todavía sin estrenar. El hombre de aspecto serio quizá ceda el asiento. La dependienta distante puede resultar encantadora. Una frase casual puede abrir un rato estupendo.

Como en una versión casera de la física cuántica, muchas historias no se deciden hasta que sucede algo. Suena grandilocuente, pero hace la ciudad un poco más divertida.

Ni vigilarlo todo ni fingir que nada importa

Prestar atención a todo el mundo agota. Obligarse a ignorar a todos también. Podemos hacerlo más sencillo: mirar un instante, asentir si se cruzan los ojos, decir una frase si nace, o quedarnos tranquilamente con el móvil si hoy necesitamos nuestro rincón.

No hace falta acercar ni alejar a nadie a la fuerza. Podemos elegir la distancia que nos resulte cómoda ese día.

La incertidumbre no es solo miedo; también significa que el mundo todavía no está terminado. No sabemos quién será la persona que hoy se cruce con nosotros ni qué clase de día nos espera. Por eso podemos tener un poquito de curiosidad.

Vivimos cerca y lejos, conectados y separados. Quizá no haga falta resolver la contradicción. Tal vez baste con disfrutar de lo extraña que es.

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